Con ocasión del Día de la Madre, tuve la ocasión de hablar con cinco madres de jugadores de la Overwatch League. Cuantas más conocía a estas extraordinarias mujeres, más me daba cuenta de que tienen muchas cosas que enseñarnos sobre la educación de los hijos en el mundo moderno: un mundo de redes sociales y presión social, y un mundo que aún no está listo para aceptar por completo una carrera tan poco tradicional como la de los esports (aunque le quede poco). Aquí os dejo algunas lecciones sobre la confianza, el amor, las redes sociales, la percepción de los esports, las decisiones y la aceptación por parte de las impresionantes madres de la Overwatch League.

Una confianza merecida

Shellie Cruz se convirtió sin darse cuenta en una estrella viral cuando su hijo, el DPS de los Houston Outlaws Dante «Danteh» Cruz, publicó una captura de pantalla en la que ella le decía que invitase a SPACE a tomar helado. «Conozco a muchos de sus amigos de la liga —me cuenta Shellie—. Sé que es amigo de SPACE desde hace mucho, porque jugó con él en Denial de 2016 a 2017».

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Dante con 5 años.

Shellie fue madre cuando era joven y acabó la universidad después de que naciese Dante. Cuando él estaba en tercero de primaria, empezó a exhibir una descomunal capacidad lógica, sensorial e intelectual; hasta tal punto, explica Shellie, que se tornó complicado hasta razonar con él cuando quería algo. «La verdad es que podría haber sido un buen abogado, porque es muy difícil llevarle la contraria —dice—. Siempre tiene muy buenos argumentos».

Shellie sabía que su hijo se había convertido en alguien en quien podía confiar, un joven que tomaba las decisiones adecuadas y con la cabeza bien amueblada. Por eso, cuando empezó a tomarse Overwatch tan en serio, le permitió algunos sacrificios a regañadientes. Recuerda la primera vez que se perdió una ocasión familiar importante por culpa del juego. «No quería ir a la cena de Pascua —relata—. Me quedé estupefacta. Frustrada. Y le dije: "Vale, confío en que sea la decisión correcta". Si dice que tiene que hacer algo, lo hace. Cuando se compromete con algo, lo cumple».

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Dante, a los 20 años, y su madre, Shellie, durante su tradicional cena de cumpleaños.

Y eso hizo. Dante no solo alcanzó el éxito en Overwatch, sino que, además, aprobó secundaria con matrícula de honor. Cuando llegó el momento de que se mudase a Los Ángeles para jugar en la liga, Shellie sabía que era lo mejor para su hijo, aunque le doliese.

«Un día me dijo que fuese a su habitación —explica—. Me senté en la cama y me dijo: "Mamá, me mudo a Los Ángeles dentro de un par de meses". No pude contener las lágrimas». Dante estaba frustrado, pero Shellie le dijo: "Me alegro por ti; no estoy triste por ti, sino por mí. ¡Dame un par de minutos!"».

«Lo entendió —asegura—. Me dio un abrazo».

Ama con fuerza y bloquea el odio

Liz Lombardo, madre del DPS de los Dallas Fuel Zach «ZachaREEE» Lombardo, es una de las más conocidas de la OWL: yo la calificaría como madre de la Overwatch League de perfil alto, una MOWL de primer nivel. Cualquiera que esté metido en el mundillo de la Overwatch League en Twitter acaba viendo algún tuit de Liz en su cronología. A la gente le encanta su personalidad, que quiera a su hijo y que su hijo la quiera a ella.

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Zach (derecha) jugando a videojuegos con su hermano mayor, Dylan (izquierda).

«Es un niño honesto —dice Liz—. No tiene miedo de mostrar sus emociones, y es muy emocional. Es bonito cuando tuitea sobre nosotros y nuestra relación. No tiene miedo de que se vea que es un chico familiar».

Liz vive y se desvive por sus hijos, y este sentimiento ha desembocado en pasión no solo por los Dallas Fuel, sino por los esports de Overwatch en general. En su casa solo hay Overwatch todo el día. «Trabajo desde casa, así que, desde que me levanto por la mañana, tengo el ordenador encendido —comenta Liz—. WhoRU retransmite temprano por la mañana, así que es perfecto. Desayuno viéndolo a él y luego Zach empieza a retransmitir, o veo a uNKOE. Normalmente, siempre tenemos Overwatch puesto en casa. Vemos Contenders y, de jueves a domingo, la OWL. Lo ponemos en la tele y lo dejamos todo el día».

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Liz y Zach en Polonia durante la fase final de la temporada 1 de Overwatch Contenders.

Este nivel de compromiso significa que Liz lee prácticamente todo lo que se escribe sobre su hijo, y es muy consciente de que Zach es un personaje con efecto polarizador. «Tiene seguidores acérrimos, pero también hay gente que no lo aguanta, por algún motivo», explica. Evita Reddit, pero, a veces, le llegan algunos mensajes malintencionados sobre su hijo.

Su consejo es sencillo: bloquearlos. «Si tienes que lidiar con alguien que no te gusta, bloqueas a esa persona y será la última vez que lo hagas —cuenta—. Tu cronología es tuya, ¿no?».

En cuanto a Twitter, dice que la mayor parte de sus experiencias allí son maravillosas. «La gente me tuitea y yo siempre contesto —dice—. Hay personas que apoyan muchísimo a Zach, y me encanta. Me encantan las amistades que ha hecho y me parece genial que pueda comunicarse con sus seguidores y que ellos puedan hacer lo mismo. Yo siempre digo que, si alguien me ve en un evento, me salude. Me gusta mucho conocer a la gente».

A veces hay que demostrar que los sueños pueden ser realidad

«JP estaba en su último año de secundaria y había enviado una solicitud de ingreso a varias universidades —recuerda Stella Randolph, madre del DPS de Los Angeles Gladiators João Pedro «Hydration» Goes Telles—. En aquel momento me decepcionó que no le interesara hacer una carrera universitaria, a pesar de que tenía muy buenas notas y le había ido muy bien en los estudios. Por eso, en el verano de 2016, lo mandé a un intensivo de la Universidad de Duke. Cuando volvió, me dijo que odiaba la informática y que lo que de verdad quería era dedicarse profesionalmente a los videojuegos. ¡Le contesté que eso no existía y que más le valía apuntarse a las universidades antes de que se le pasasen los plazos!».

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JP, a los 8 años, con los gatos adoptados de la familia: Finnegan y Fiona.

JP nació en el pueblo natal de Stella en Brasil, pero las circunstancias lo llevaron a viajar un montón en sus primeros años de vida: madre e hijo vivieron un tiempo en China, y luego en Japón, Tailandia, Rusia y Dinamarca antes de instalarse en Carolina del Norte. «Todo lo que aprendió sobre personas y culturas distintas contribuyó sobremanera a que respetase a la gente de trasfondos dispares y lo llevó a abandonar cualquier prejuicio», asegura Stella.

Pese a esa infancia trotamundos, Stella esperaba una vida normal para su hijo y no se tomó bien la declaración de JP sobre su interés en los esports. Sin embargo, cuando la Overwatch League comenzó a presentar oportunidades profesionales, su marido y ella dedicaron un tiempo a conocer mejor ese mundo. «Empezamos a leer de todo sobre la industria de los videojuegos y las carreras de los jugadores, ¡y nos fascinó todo lo que descubrimos! —dice—. Examinamos con detenimiento su contrato y, al final, aceptamos que buscase cumplir su sueño».

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JP, a los 11 años, con su madre, Stella, en un viaje de carretera por California.

Stella ha acabado desarrollando una pasión por el juego y solo se ha perdido un encuentro de los Gladiators por estar en pleno vuelo. Le duele la distancia, pero está contenta sabiendo que su hijo es feliz. «Recuerdo que iba a su habitación y veía toda su ropa aún en el armario, su mochila del colegio en una esquina... y me ponía a llorar como un bebé —cuenta—. Pero, cuando pasaba eso, siempre me recordaba a mí misma que ahora es feliz y que está donde quería: persiguiendo sus sueños».

Me cuenta Stella que hay una palabra portuguesa, saudade, que no tiene buena traducción y que «evoca una sensación de soledad e incompletitud. Todavía siento eso cuando pienso en él, pero debo confesar que ahora se me da mucho mejor afrontar esa distancia».

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JP y su madre en la casa de los Gladiators este año.

Los esports son deportes, en serio

«Cuando Corey tenía 10 o 12 años, le pregunté que qué quería ser de mayor —recuerda Melissa Cirafisi, madre del DPS de los Washington Justice Corey «Corey» Nigra—. Me miró a la cara y respondió: "Mamá, cuando crezca, jugaré a los videojuegos y me haré millonario". Recuerdo que le di unas palmaditas en la cabeza y le dije "Vale, cariño, ¡suena bien!", ¡pero es que lo decía en serio!».

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Corey, con 4 años.

Melissa suspira con felicidad y se ríe a carcajadas cuando habla de cómo era Corey de pequeño. «Siempre tenía una gran sonrisa en la cara, siempre —asegura—. Era muy amigable y extrovertido. Todos los días había cuatro o cinco chavales en mi casa».

Corey era muy atlético y competitivo, y jugaba al fútbol todo el año, pero, a los 14 años, pasó a ser competitivo en los videojuegos. «No tuve ningún problema con ello —explica—. No voy a mentir: recibí muchas críticas de familiares y de amigos. Los escuchaba decir constantemente que no debería permitirle jugar tanto y que tenía que sacarlo de la habitación, pero Corey es superinteligente».

Al fin y al cabo, formaba parte de la prestigiosa National Honor Society, daba clases de cursos avanzados y sacaba dieces en todo. «¿Qué podía argumentar para pedirle que no jugase al ordenador?».

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Corey, a los 16 años, con su madre, Melissa.

Melissa no veía a un niño sin motivación que se pasaba el día sentado en la habitación comiendo patatas: veía que se dedicaba a una actividad de concentración, estrategia y habilidad, una actividad que, además, le encantaba. Ahora puede ver como cumple su sueño de la infancia. Melissa y su propia madre, de 72 años, nunca se han perdido ni un encuentro: para ellas, es un deporte.

«Cuando lo veo salir al escenario con esa sonrisa... No soy capaz de expresar lo que me hace sentir —dice—. Se me ilumina el corazón. Siento auténtica adrenalina cuando lo veo jugar, aunque no entienda muy bien el juego. Pero, para ser sincera, no entiendo ningún deporte: mis hijos jugaron al fútbol durante muchos años y aún no sé lo que es el fuera de juego. Lo único que sé es que, si veo a los Eagles jugar la Super Bowl, siento esa misma emoción. Cuando veo la Overwatch League, con los comentaristas y todo, creo que lo entiendo».

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Corey, con 1 año.

La senda que te apasiona siempre es correcta

«La mayoría de las veces, cuando a alguien le dicen "ah, que eres contable", se calla —explica Carol Meissner, madre del tanque/polivalente de los Dallas Fuel Lucas «NotE» Meissner—. Pero Carol no es una contable cualquiera: también es una profesora de universidad cuyo campo se centra en la industria automovilística. «Por la naturaleza de esa industria, la mayoría de mis estudiantes son hombres jóvenes, así que me hace falta un poco de persuasión para que se crean lo que les digo. Normalmente llego en moto el primer día y así establezco el tono necesario».

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Lucas, a los 7 años, en el Horseshoe Resort de Ontario, Canadá.

Lo cuenta como si nada, como si no importase, y luego suelta el dato de que su marido y ella tienen motos iguales. Carol es una auténtica figura y la madre de no solo uno, sino de dos exitosos jugadores profesionales. Asegura que criar a dos niños siempre fue una aventura. A los dos les encantan los videojuegos desde que ella los ganaba gratis en las cajas de cereales.

«Lo utilicé a mi favor: siempre querían estar en el ordenador, así que les busqué juegos educativos —explica—. Conseguía que se entretuviesen con juegos educativos de todo tipo en internet porque les divertía».

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Lucas, a los 5 años, con su camiseta de la liga de fútbol local.

La familia de los Meissner siempre apoyó la pasión de sus hijos por los videojuegos, incluso cuando se hicieron mayores, pero había unas reglas básicas: tenían que estar al día con las actividades escolares y físicas para estar en disposición de negociar la hora de irse a la cama. Cuando la cosa empezó a ponerse seria, Carol y su marido crearon una «habitación de esports» en el sótano. «Allí había dos puestos donde jugar, lo más lejos posible de nuestro cuarto para que sus padres pudiéramos dormir arriba», cuenta entre risas.

Como profesora universitaria que es, cabría pensar que a «Mamá NotE» (como se hace llamar en Twitter) le decepcionaría que su hijo no esté cursando estudios superiores, pero nada más lejos de la realidad.

«Solo quiero esperar y ver adónde lo lleva la vida, no saber lo que piensan los demás sobre lo que debería hacer con su vida —asegura—. No soy una persona que viva en los 60, cuando había que ir a secundaria, luego a la universidad, después comprar un coche y casarse y hacer todo en un orden determinado. Eso es cosa de un pasado muy lejano».